Esto es un pequeño cuento que tengo escrito desde hace un mes. Y ya que hace mucho que no escribo nada en el blog, aprovecho que me acordé para colgarlo. Es corto, página y media, y muy irónico, pero no me quedó nada mal. En mi opinión, vamos. Añado que acabo de darme cuenta de que casi todo lo que escribo está ambientado en Coruña, sea de forma intencionada o no. Este cuento comienza en una casa de Concepción Arenal y se dirige hacia el mar bajando la calle y dejando la Palloza a la derecha.
Mientras sus llaves fortificaban la casa ante indeseables asaltantes, los ojos de J. se fijaron en el cartel que colgaba a las puertas del ascensor.
NO FUNCIONA.
La perspectiva de un descenso a pie le resultaba agotadora. A pesar de vivir en un primer piso, el solo hecho de pensar en la monotonía de la tarea le suponía un inevitable agobio. Diez escalones hasta el descansillo. La luz desaparece en el quinto peldaño, y el descenso continúa en la oscuridad. Abajo, los escalones cambian su factura: de una masa de piedrecillas aglomeradas pasan a estar formados por un material que guarda una cierta semejanza con el mármol.
La entrada al edificio, cerrada por una puerta de barrotes cromados, está, como contraste con los pisos superiores, por completo iluminada, gracias a la profusión de apliques y del espejo que extiende la luz por las paredes, lustrosas y pulidas.
La calle tras los barrotes sigue igual. Inalterable por los años. El cielo permanece gris en el invierno que se prolonga ocupando el espacio de la primavera. Los papeles rotos, folletos publicitarios que nunca llegaron a leerse, vuelan en círculos, cambiando los productos que se anuncian, los colores y las palabras, sin alterar jamás su movimiento continuo.
El traje es opresor. Incómodo retazo de tela que, no obstante, aporta el toque de seriedad que todos esperan ver en alguien como J. Hoy estaba especialmente elegante, con esos zapatos recién pulidos, negros, brillantes. La corbata, alegre. Nadie que le viera podría dudar de su juventud aunque su traje y las arrugas que comienzan a aparecer alrededor de sus ojos opinen lo contrario. Un tono amarillo, deslumbrante como sus zapatos. J. era hoy un faro de luz en la monotonía del cielo gris, de las paredes grises, del enlosado gris, de los hombres de gris que le rodeaban.
Ayer se había olvidado el maletín en casa. Un día perdido. No iba a ningún sitio sin su maletín, cómo puedo ser tan olvidadizo. Las fluctuaciones en el mercado de valores que mostraba el periódico, realmente espantosas, le habrían despistado. Técnicas había bajado un cinco por ciento, y su banco casi un dos y medio. En Londres, otro tanto, y ni el Dow Jones había recuperado sus pérdidas. Qué pasará en el mundo, se preguntaba mientras abría la puerta olvidándose el maletín en la repisa de al lado.
Hoy no. Lleva su maletín y, ahora que salió a la calle abierta y que se aleja de ese patio interior en el bloque de edificios, ahora que siente el viento marino en su cara viniendo del fondo de la calle y que enfila el barlovento hasta ver el puerto, agarra su asa con fuerzas renovadas, estira su espalda y camina con apostura. Il Capitano. Hoy está seguro de sí mismo, ya olvidó las penalidades de la escalera y del ascensor que están arreglando cada dos por tres. Ya podrían comprar otro, con lo que pagamos de alquiler. El casero está esperando a que vengan compradores, no hay duda, y retirarse con lo que gane. Pues por su parte, ya puede esperar sentado: no piensa dejar pasar una casa semejante a un alquiler tan económico. Tampoco están las cosas para invertir en vivienda. Lo consultará, de todos modos. Conoce al hombre indicado para ello, F. Los contactos, quizás el mayor bien de toda persona, y un broker puede ser especialmente útil en tiempos como éstos.
F. le estará esperando a la puerta de la cafetería, y, como siempre, estará ataviado con su impecable traje de un azul oscuro que muchos pensarían que es negro, quizás en la propia fábrica se confundan en el momento del packaging. No importa. Nadie notaría la diferencia. El traje de J. era negro, o él siempre lo creyó al menos. En la tienda no había uno más oscuro. Nunca le gustó ese tono que tenía el de F. cuando le daba el sol. Menos mal que en la ciudad eso ocurría pocas veces. Se ajustó la corbata, sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente. Estaba traspirando. La camisa, ya lo sabía. Esas baratijas que adquiere su mujer. Al volver a casa se lo recriminará. Sólo algodón, ya lo sabes. El sintético no permite que la piel respire.
Como esperaba, F. estaba a la puerta del café, sentado esperándole. J. se colocó el cuello de la camisa con discreción, saludó cortésmente y depositó su maletín en el suelo, con un cuidado extremo de no manchar el elegante cuero oscuro con la suciedad del empedrado. Los folletos que gastaban su tiempo bailando con el viento parecían haberle seguido. Le esperaba una conversación importante. Con el futuro de la bolsa en juego, las cosas no están para bromear. No ahora. Así que tras unas frases diplomáticas, qué tal tu mujer, bien, algo acatarrada, no me extraña, con este viento, parece que aquí nunca llega el verano, se aplicaron al trabajo. Abrieron los maletines, y comenzaron a hablar sobre las ventajas a largo plazo de una inversión en títulos de interés fijo mientras J. tomaba asiento en el suelo, junto a su compañero, y, como él, sacaba del maletín el folio donde se leía
HACE DOS DÍAS QUE NO COMO. TENGO MUJER, DOS HIJOS Y UNA CARRERA EN HARVARD, PERO ESTE MILAGRO ECONÓMICO NO FUE LO QUE PROMETÍA.