Pues esto es una tontería de cuento que escribí esta madrugada. Ni siquiera me esforcé por cambiar la forma o la historia: está todo escrito como la primera vez, casi improvisado. Tampoco me apetecía trabajarlo mucho más. La idea viene del Historias de Cronopios y Famas de Cortázar y sus “instrucciones”, cuentos muy cortos con protagonistas intrascendentes tales como las hormigas o la cuerda de un reloj, y un desarrollo extremadamente original que combina con naturalidad el humor y la filosofía, además del casi irreal dominio del lenguaje que caracteriza al escritor.
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Baldosas
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Para quienes viven a ras de suelo es difícil darse aires de viajado, lo cual no quita que muchas baldosas sean más sabias que esas personas sedentarias que no ven más allá del estante que alberga la televisión.
Las baldosas nos ayudan tanto que, típico de los humanos, nunca pensamos en ellas. Estos pequeños seres cuadrados son el Atlas que nos sostiene, atadas al suelo que evitan que pisemos los días lluviosos que, sin ellas encharcaríamos nuestros pies sobre un piso de de tierra embarrada. Porque de nuestros pies las baldosas saben más que nosotros, y no hay cosa que más detesten que el calzado chirriante de los jóvenes, con las suelas de goma imbuidas con dibujos geométricos que garantizan una mejor sujeción al pavimento, que se pegan a las baldosas como un guante arrancando nuestro pelo; pero también odian a los ancianos y su paso penoso, ese paso que es paso pesado y paso plomizo y paso perdido, porque perdieron el rumbo perenne que perseguían. Los ancianos, al menos, calzan muchas veces alpargatas que serían el consuelo de toda baldosa de no ser por lo arrastrado de sus pies, que, con la suela plagada de arenilla, son lijadoras tan eficaces como una maquinilla de afeitar, lástima que las baldosas sean lampiñas y su after shave huela a lejía.
Todos creemos que las baldosas siempre están dormidas, porque no las vemos moverse, pero nos engañan. Las baldosas nunca duermen, porque cuando están soñolientas siempre hay alguien que las pisa y las despierta: un hombre a quien su trabajo no deja dormir, un adolescente estudiando mientras da vueltas por su habitación o una mujer que vuelve de la fiesta de sociedad con su tacón de aguja, penetrante, que las baldosas intentan comerse con las junturas que la rodean, que son su boca, y que le hacen tirar la copa de cava que aún tienen agarrada y así las baldosas pueden emborracharse porque tienen poca tolerancia al alcohol. Y cuando una baldosa es sacada de su ensoñación, todas sus hermanas despiertan con ella que por algo son hermanas, y todas acumulan más y más odio contra los hombres agobiados, los estudiantes sin método y las mujeres de alta sociedad y tacones aún mayores y a veces deciden saltar y dejar a la vista el suelo que pensábamos que no existía, porque están hartas de sentir cemento bajo su espalda y tacones en su cabeza. De momento, la revolución está en manos de unas pocas. Pero veremos qué sucede cuando aflore esa conciencia de clase que no debe tardar en surgir, y entonces no habrá quien nos sostenga en nuestra fantasía de alturas inimaginables sin la ayuda de esas a quienes pisábamos sin preocuparnos de algo tan fácil como no arrastrar los pies ni pisar fuerte con el tacón de aguja, y los hombres bajaremos de nuevo al suelo del que nunca debimos irnos.
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