Quimérica Eva
Arrancaste el verde de mis huesos, el magenta de todas las impresoras y los reflejos de violeta que vulneran el arcoíris. Me arrebataste la herida y la cárcel; la jaula sin ti, sin tus vuelos de pájaro cantor, sin tu arrullo lejano en la madrugada, quedó vacía. Te llevaste incluso el gris.
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***
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Tú, que llegaste con ese ademán de ave del Paraíso, con tu caricia virginal de Eva y esa boca de lujuria con sangre y labio de Lilit, a prometerme tus noches, un beso en cada estremecimiento de Orión; y jugabas con mis entrañas, te sentabas entre mis piernas e intentabas desraizarme los ojos; pero cuando yo te tocaba sonreías, un deje de timidez entre los dientes, tu lengua se retraía, tu cuerpo se hacía un ovillo y te marchabas, lejana, irradiando solamente soledad.
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Y fuiste cortando páginas de todos mis libros, quemando con tu pedernal los calendarios contra mi yesca. Y cada día tus músculos estaban más distendidos, me agarrabas sin permiso por un brazo y me mordías con la boca de tu espíritu, y yo intentaba abrazarte y me apartabas con tu mirada clavándose en el horizonte, donde el sol colaboraba con tu incendio de mis días. Y cuando me apartaba yo, entreabrías tu camisa y escindías tu piel, restregabas tu pie sobre mi pierna por debajo de una mesa de restaurante; te mordías un labio y volvías a perder tu dignidad y tu máscara de Eva. Pero nunca te dejaste besar.
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Mientras tanto, sabías que transportabas mis sueños a la dirección de tu carne y de tu blusa; agarrabas mi mano, canturreabas en mi oído un hasta mañana, y te alejabas arrastrando contigo el anochecer. Y cada vez que te ibas, envejecías un poco el mundo y las madrigueras que se extendían por la ciudad, superpoblándose de conejos y raposos. Y en cada paso tu tacón perforaba una gotera de magma, y tus huellas, tu silueta, tenían un resplandor infatigable de erupción.
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Fue tal vez el roce de tu tacón sobre la acera, tal vez fueron tus palabras que se iban ahuecando, hoja tras hoja, como los calendarios. Te teñiste de vulgaridad, el destello tropical de tus plumas se ennegreció con presagios de algún ave carroñera. Las pocas veces que aún mostrabas tu antifaz de Eva, te costaba sostenerlo. Te costaba incluso engañarte a ti misma.
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El día en que se acabaron los calendarios y me dejaste sin libros, te marchaste.
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Rompiste ante mis ojos ciegos tu careta de Eva, tu piel leve, la sonrisa pícara de cuando te intentaba besar. Bajaste a la calle que flameabas con tu andar; y desatada con tu hechura de Lilit, te abrazaste a un conato de Adán que sólo vio en ti ese estanque tumefacto de lujuria que era también lo único que yo había podido encontrar. Te llevaste tus galas de ave del Paraíso, y creíste dejarme sin verde ni arcoíris, y te llevaste los barrotes y con ellos enclaustraste a tu nuevo Adán.
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Pero yo, solo en mi jaula sin pájaros, retenía mis colores; pensando que me quitabas todo, sólo te llevaste el gris y el verde tono de moho con que habías pintado mis huesos; avivaste las impresoras y purificaste el arcoíris. Intentaste dejarme sin canciones pero yo había aprendido a piar, había expandido mi jaula de alambres hacia el horizonte y el cielo. Y volé más alto de lo que tú habías podido planear.
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Tú, que te crees un ave del Paraíso, sólo eres un remiendo de cometa que se columpia con el viento, que acecha en todos los hombres a Adán y sólo encuentra, en todos ellos, el Caín que se merece. Tú que vivías fabricando máscaras de Atenea te deshiciste de todos los ornamentos, y tu voz era el aullido de una lamia inacabada, de una émula manchada que engañaba, por todo el Edén, a cien adanes y a cien dioses.
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***
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Y dentro de mi jaula, sin caretas ni ambiciones, apareció, auténtica, la única Eva; y se rindió ante mis pies al tiempo que me arrodillaba. Nos juntamos en el suelo, y entre el barro recordamos los orígenes, memento homo, polvo somos y en polvo nos convertiremos. Y encontró en el hueco de mi costilla perdida un espacio donde refugiar su alma; y era al lado, justo al lado, de la mía.
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Ella, sin maquillajes ni ornamentos; ella, una verdad en sí misma, repintó el espectro de los colores. Alargó los arcoíris, hinchió de razones mi sonrisa y desbordó y satisfizo los siete pecados de mi lujuria. Y no se vanagloriaba de la altura de sus vuelos; me pedía agarrarse de mi brazo para que me quedara con ella, aunque no lo necesitara, aunque yo no pudiera irme ya a ninguna parte sin ella.
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Desde entonces, desde ese encuentro en que cruzamos miradas y manos y bocas, la jaula perdió los alambres y volamos. Y volamos hasta un sol que ya no abrasaba los días para perdernos juntos entre los libros y los calendarios.
Desde entonces detuvimos los relojes, calentamos las aceras e impregnamos de magma cualquier lecho. Nos reconocemos desde entonces, con susurro, los pobladores únicos del Edén que concebimos juntos.
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Desde entonces no he dejado de comer el fruto prohibido de la señera mujer que encontré, esa que había tenido siempre por quimera, por irrealizable fantasía, y que ahora duerme a mi lado.
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No he dejado de comer el fruto
de Eva en mi Paraíso.
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Carlos Recamán Arcay
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También tu ausencia
La dedicatoria habitual
Incluso tu vacío
me recuerda a ti.
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Me sugiere tu cuerpo
satinado de suavidad,
sosegado junto al mío
en una geometría
orgánica, modernista
e imposible.
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Tu falta nunca
abandona mi abrazo,
y te siento como mía
en tu ausencia, como míos
son mis ojos y míos
los músculos y las vitaminas.
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Te siento mía,
como mío es cada fragmento
de mi ser, porque contigo
no existen la posesión
ni la pertenencia,
ni vocablos de egoísmo.
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Y así te siento,
mía como son míos los sueños
y las quimeras. Mía
como mía es la luz
de los espejos. Mía,
aunque yo también soy tuyo.
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Porque en estas noches ahuecadas
también la oscuridad
me recuerda a ti.
Y el mundo que renace
con cada despertador…
en él también te recuerdo.
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Y en él te desnudo
de ficciones, de fantasías
o más bien desnudo a tu ausecia
y capa tras capa quedas,
émula de mi esperanza,
monopolizando mis ideales.
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Todo lo que no eres tú
(aunque tú, con sólo
esas dos letras eres
todo y mucho más que todo)
también me repite,
como reitera tu ausencia,
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que incluso tu vacío
me recuerda a ti
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Carlos Recamán Arcay
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Atlas
Para M.
Te siento abrazándote a mi olor
aquí a mi lado.
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Tus ojos hondos dormitan
con ademán sosegado;
el reflujo de mi aliento
va entibiando, cadencioso,
tu respiración, tu sangre.
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Tu boca, sonrisa cálida
se transforma en el visaje
de un beso con nocturnidad,
y tus labios entreabiertos
están remedando la Luna.
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En tu cuello quedan signos
de saliva y mordisqueo
y un mechón desarraigado
de desorden montaraz,
lo breve de tu melena.
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Tus pechos de carne tierna
reposan sobre mi pecho
con un atisbo de rojo
sobre su piel imantada
como la piel de tu vientre
que se eleva y se distiende
con ritmo de ditirambo.
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Tu sexo, calmo y lozano,
se relaja y me presagia
la redondez de tus piernas,
y tu cuerpo entero huele
a la noche y al cansancio.
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Pero tus brazos.
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Tus brazos de mano tersa
con sus suavísimos dedos
que acarician el futuro,
que acarician mi cadera.
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Tus leves brazos de Atlas
a los que miro dormidos
y los arrullo y comprendo
que sostienen nuestro mundo,
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y te beso y te despierto
y te recuerdo que tú,
que con voz plena de sueño
musitas algo inaudible,
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eres mi pecho y mi vientre,
mis noches y mis mañanas,
y mis ojos y mi aliento,
mi boca tu boca cálida,
mi sexo tu sexo calmo,
y tus brazos son mi brazo
y tus manos son las manos
que sustentan
para los dos
el mundo.
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Y te beso y te despierto
y con voz plena de sueño
musitas algo inaudible.
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Perdona por despertarte,
eran sólo tonterías,
te quiero, muy buenas noches.
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Estás preciosa durmiendo.
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Carlos Recamán Arcay
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A veces
Para M.
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A veces te recojo del suelo con la suavidad
con la que se recoge a un gato joven
que no aprendió, todavía, a tropezar.
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Algunas veces te aprisiono
en una jaula eufórica de besos,
mientras fuera el mundo explota y se retuerce,
para que tú no estalles con él.
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A veces te recojo y te acaricio
porque no sé qué decir para que te rías.
Y todas esas veces sonríes
ante lo absurdo de mi silencio.
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Pero también hay veces
que sin saberlo me recoges del suelo
con una palabra de amor al amanecer.
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Hay veces que me aprisionas
y me pides que no me vaya. Y entonces
ya no tengo ningún lugar adonde irme
porque el mundo se reduce a tus palabras.
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Hay veces que me regalas una caricia furtiva
en cualquier paseo, por cualquier calle,
sin ningún motivo, y yo no sé qué decirte
más que mi recurrente “te quiero”.
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¿Y si te digo que mi vida
es un refractario ritual de dudas e inseguridad,
de miedo hasta a la sandez menos temible?
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¿Y si te digo que mi vida
a veces también se escapa. Rehúye mis miradas,
extravía mis presentes (y no sé dónde
ni quiero saberlo, ni quiero saber por qué)?
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¿Y si te digo que mi vida
no tiene dioses, ni esperanzas ni mañanas,
que no tengo refugio ni descanso,
ni morada sin pesar?
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Tendría que recordarte, también,
que mi vida es como la vida de todos,
como todas nuestras vidas.
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Tendría que recordarte, también,
que a veces hay esperanzas y presentes.
Que las dudas no amedrentan
cuando el mundo se reduce a tus palabras.
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Tendría que recordarte que tus caricias
son como de gata joven, y que mientras me besas,
aquí fuera todo explota y se retuerce. Todo,
salvo nosotros dos.
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Tendría que recordarte, en fin,
que cuando me recoges del suelo comprendo
que la vida es más sencilla entre tus brazos.
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Que la vida es más sencilla entre tus ojos,
aunque sean tan marrones que rehúyan las metáforas,
aunque sean tan profundos
que no las necesitan.
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Carlos Recamán Arcay
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Tomavistas: Madrid otoñal
Madrid vacío.
Una calle infinita
color de invierno.
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En este cianotipo del invierno
velamos (con su mirada inefable
de pocillo del café y de luminarias)
la frialdad ortogonal que se extiende
por las plazas y congela las risas y los días,
los rayos célibes de la Luna, las hojas
desarraigadas del pavimento
con mano de chubasco y septentrión.
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Con nuestro ambigú de calaveras
calentamos los bajos cubierta
de viviendas de soledad y sotobosque,
los gatos álgidos de flecha negra,
el tejado de dos aguas
que se intentan congelar,
la tibieza del efímero autobús nocturno,
con sus ojos de canela y meteoro,
de parhelio de cien soles.
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Este año
con el frío y el fervor,
con nuestra hoguera y su ventisca,
Madrid ha vuelto a adelantar
la Navidad.
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Carlos Recamán Arcay
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Soledad
Te encontré y tu boca sabía a soledad.
Tus labios desiertos estaban desgastados
por la indiferencia.
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Te encontré y mi boca sabía a soledad.
Mis labios desiertos estaban desgastados
de buscarte.
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Estos días – o estos años,
o puede que siempre –
asola todas las tierras
una brisa de abandono
con espinas de rosa y abejorros
y alacranes del invierno
que nos desnuda y nos desflora,
que nos aventa y nos ultraja
las entrañas.
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Tus pecados y los nuestros,
los pecados de los hombres,
encadenan a mil ángeles;
nuestros pecados que son
flaquezas de clerizontes
sin vocación ni palabra
–sin palabra, voz creadora,
virtud y pecado del hombre,
somos gazmoños sin dios.
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En esta ciudad, en cada esquina,
gotea una charca de sangre,
se apaga un gemido sajado,
nace una pregunta muerta
y agoniza por la espera
su respuesta.
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En esta ciudad hay personas
que revuelven cada mañana
los contenedores
y personas que queman
cada noche su dinero
en una hoguera de vanidades,
aquelarre de los mercados,
de consejeros y bancos
y directivos.
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Y detrás de cada puerta
y en cada máquina, y en cada telefonazo,
en las facturas, los cheques
y las billeteras,
se aleja, perdido su rumbo,
su significado y su sentido,
un alma, dejando tirado un cuerpo
inútil
como son todos los cuerpos vacíos,
los cuerpos maquinales,
los hombres telefónicos,
los tigres de violento papel
de los recibos.
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Con cada firma burocrática
se desploman los escombros
de una ruina infinita,
se derrumban los despojos
que somos la humanidad.
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Son, somos despojos
de hombres de hambre
y hombres de olvido,
hombres metálicos y telefónicos,
personas de quita y pon,
personas desposeídas de monedas,
de vanidades y de risa,
hombres sin dios y sin ángel,
hombres que atentan
contra la palabra de los hombres.
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Hombres alienados, dispersos
en islas, en continentes,
en países y fronteras y alambradas,
en cada esquina.
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Te encontré
y nuestros labios
dejaron de saber a soledad
y a despojos.
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Carlos Recamán Arcay
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Lugar
Mi lugar hoy no se encuentra
ni en mapas ni en planisferios,
ni entre personas ni gente, ni siquiera,
perdón por romper el tópico,
contigo, aunque podría dormir
en tus ojos y beber de tu piel
y comer de tus labios y respirar
contigo, y respirarte a ti.
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Mi lugar hoy no se encuentra
en los callejones descuidados
de esta metrópolis, ni en su arrabal,
ni en las casitas del barrio alto;
tampoco en los álbumes de Piazzolla
ni Víctor Jara, ni en las putas
apegadas a sus esquinas, aunque podría
hibernar entre tus piernas.
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Mi lugar hoy no se encuentra,
sorprendentemente, entre los libros,
ni en las enciclopedias, en internet,
en los ordenadores. Tampoco en teclados
de negro infinito ni en mesas duras
de piedra dura y ojo de tigre,
aunque, si estuvieras cerca,
me ovillaría en tu regazo de gata.
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Mi lugar hoy se encuentra
trebejando entre palabras, componiendo letras
y versos, acendrando las metáforas
con tinta y vino y folios nuevos,
aunque podría, irracional, incoherente como soy,
dormir, hibernar, comerte, acurrucarme,
beber tu aliento, vivir contigo, vivirte a ti,
palabra sublime, anhelado lugar.
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Carlos Recamán Arcay
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No hay banda
No hay banda, yet we hear a band
……………………………………..David Lynch, Mulholland Drive (2001)
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Aparta de tus labios la alhaja de las auroras,
los besos nevados en la madrugada y en la noche,
el beso de media tarde
en la tarde que no es la tarde,
que es una charca de nubes,
no sale el Sol, no pasa el tiempo.
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Vacíate del sonoro cántico de la Luna.
Hoy que no hay banda ni hay orquesta
derrama los sonidos todos de las hojas,
los clarines, la garganta, las estrellas,
porque hoy te oigo marcharte sin fanfarrias,
sin orquesta ni conciertos, separados
compartiendo la soledad.
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Y te marchas con el vuelo del tritono,
con la monótona cadencia de una fuga
que preludia la rutina, con la sal del humo
entre los párpados.
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Y te marchas a capella
con tu pecho enmudecido
hoy
que no hay banda ni hay orquesta,
destiñes el suelo y te desvaneces y derrumbas
la firmeza silente de los saxofones,
y en el mundo de silencio, de desmayo,
se escuchan tus pasos raudos, tus palabras
libres de lenguas, de bocas, tus palabras
son tus palabras sin ti.
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En el mundo de silencio y de desmayo,
sin estar, llenas todo con tu eco,
y aunque no hay banda ni hay orquesta
regresas desde el suelo y llenas todo
con tu lágrima y con tu risa,
con tu presencia y tus violines.
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Hoy
que no hay banda ni hay orquesta
no necesitamos palabras.
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Carlos Recamán Arcay
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Bajo el Sol
Bajo el sol del invierno
creí ver cómo enloquecía Madrid,
cómo tallaba su madrugada en ripios
y poemarios, cómo descansaba en onomatopeyas
y aliteraciones, y luces de navidad.
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Creo que vi enloquecer al mundo
y brillaba un sol de verano y de cañones.
Vi las moscas del calor despedazando a los muertos
y la sangre manando liberada de coágulos
y en la pantalla sonreía el presentador
de los telediarios, y rodaban números de Lotería.
Buenas noches y buena suerte.
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Ayer que fue viernes, o tal vez jueves, miércoles,
quizás fue martes, creí encontrar un legajo de cordura,
y eran tus ojos, y brillaba el sol
y no me preocupaban las fechas, las citas ni las estaciones.
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Por los países y las esquinas corría la sangre.
En mi rostro tropezaba una sonrisa,
como sonreía la navidad plena de luces,
como sonreía el presentador de los telediarios.
Y era una sonrisa inconsciente e ilusoria,
sonrisa de quien desconecta el mundo por las noches,
sonrisa de quien devora sueños y aparta presentes.
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Era una de esas sonrisas de despedida,
una sonrisa de buenas noches.
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Una sonrisa
egoísta y nuestra
de buena suerte.
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Carlos Recamán Arcay
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Alejandrinos para esos días
Hay días
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en que confundes el amanecer con la noche
la risa con los gramófonos y los estorninos,
la ciudad con el desierto afín de tus pasos
y la vida con las lágrimas.
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Hay días
.
en que sigues la espiga de luz hasta los faros,
te elevas y vuelas con carcajadas de alondra.
Con plumas nuevas de inédito cisne sajado
bebes de los barcos la bahía.
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Hay días.
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Algunos días
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la lluvia devasta tu rostro en una sonrisa,
el sol araña tus ojos, hasta desangrarlos,
y recoges la sangre y pintas, trazo de musa,
esta naturaleza. Muerta.
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Algunos días
.
buscas en el viento, y en Bob Dylan, las respuestas;
buscas en el colchón una pregunta y recuerdas
que las preguntas murieron, triste abalorio,
en un albo cuaderno de infancia.
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Algunos días
todos nos desgastamos.
También el mundo.
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Algunos días.
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Todos los días
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busco dentro de mi cara la tuya en los espejos,
encuentro un olor extraño y tuyo en la camisa,
olor extraño de distancias y soledades
olor tuyo de caricia y elixir.
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Todos los días
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encallan los barcos en un alfaque sin faros,
huyen las alondras al juego de las ardillas,
el amanecer termina, se llega la noche,
se secan las lágrimas.
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Todos los días
.
tú te preguntas, yo me pregunto, voz reflejo,
sin saber qué preguntarnos, sin cerrar los ojos,
sin apartarlos, bebiendo en ellos la bahía.
Te ríes. Tu risa no está grabada.
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Todos los días
brota una flor nueva.
Renace el mundo.
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Carlos Recamán Arcay
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