Soledad
Te encontré y tu boca sabía a soledad.
Tus labios desiertos estaban desgastados
por la indiferencia.
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Te encontré y mi boca sabía a soledad.
Mis labios desiertos estaban desgastados
de buscarte.
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Estos días – o estos años,
o puede que siempre –
asola todas las tierras
una brisa de abandono
con espinas de rosa y abejorros
y alacranes del invierno
que nos desnuda y nos desflora,
que nos aventa y nos ultraja
las entrañas.
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Tus pecados y los nuestros,
los pecados de los hombres,
encadenan a mil ángeles;
nuestros pecados que son
flaquezas de clerizontes
sin vocación ni palabra
–sin palabra, voz creadora,
virtud y pecado del hombre,
somos gazmoños sin dios.
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En esta ciudad, en cada esquina,
gotea una charca de sangre,
se apaga un gemido sajado,
nace una pregunta muerta
y agoniza por la espera
su respuesta.
.
En esta ciudad hay personas
que revuelven cada mañana
los contenedores
y personas que queman
cada noche su dinero
en una hoguera de vanidades,
aquelarre de los mercados,
de consejeros y bancos
y directivos.
.
Y detrás de cada puerta
y en cada máquina, y en cada telefonazo,
en las facturas, los cheques
y las billeteras,
se aleja, perdido su rumbo,
su significado y su sentido,
un alma, dejando tirado un cuerpo
inútil
como son todos los cuerpos vacíos,
los cuerpos maquinales,
los hombres telefónicos,
los tigres de violento papel
de los recibos.
.
Con cada firma burocrática
se desploman los escombros
de una ruina infinita,
se derrumban los despojos
que somos la humanidad.
.
Son, somos despojos
de hombres de hambre
y hombres de olvido,
hombres metálicos y telefónicos,
personas de quita y pon,
personas desposeídas de monedas,
de vanidades y de risa,
hombres sin dios y sin ángel,
hombres que atentan
contra la palabra de los hombres.
.
Hombres alienados, dispersos
en islas, en continentes,
en países y fronteras y alambradas,
en cada esquina.
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Te encontré
y nuestros labios
dejaron de saber a soledad
y a despojos.
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Carlos Recamán Arcay
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