Rebelde sin consecuencia

O rumor dos pinos reverbera en Madrid

Quimérica Eva

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Arrancaste el verde de mis huesos, el magenta de todas las impresoras y los reflejos de violeta que vulneran el arcoíris. Me arrebataste la herida y la cárcel; la jaula sin ti, sin tus vuelos de pájaro cantor, sin tu arrullo lejano en la madrugada, quedó vacía. Te llevaste incluso el gris.

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Tú, que llegaste con ese ademán de ave del Paraíso, con tu caricia virginal de Eva y esa boca de lujuria con sangre y labio de Lilit, a prometerme tus noches, un beso en cada estremecimiento de Orión; y jugabas con mis entrañas, te sentabas entre mis piernas e intentabas desraizarme los ojos; pero cuando yo te tocaba sonreías, un deje de timidez entre los dientes, tu lengua se retraía, tu cuerpo se hacía un ovillo y te marchabas, lejana, irradiando solamente soledad.

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Y fuiste cortando páginas de todos mis libros, quemando con tu pedernal los calendarios contra mi yesca. Y cada día tus músculos estaban más distendidos, me agarrabas sin permiso por un brazo y me mordías con la boca de tu espíritu, y yo intentaba abrazarte y me apartabas con tu mirada clavándose en el horizonte, donde el sol colaboraba con tu incendio de mis días. Y cuando me apartaba yo, entreabrías tu camisa y escindías tu piel, restregabas tu pie sobre mi pierna por debajo de una mesa de restaurante; te mordías un labio y volvías a perder tu dignidad y tu máscara de Eva. Pero nunca te dejaste besar.

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Mientras tanto, sabías que transportabas mis sueños a la dirección de tu carne y de tu blusa; agarrabas mi mano, canturreabas en mi oído un hasta mañana, y te alejabas arrastrando contigo el anochecer. Y cada vez que te ibas, envejecías un poco el mundo y las madrigueras que se extendían por la ciudad, superpoblándose de conejos y raposos. Y en cada paso tu tacón perforaba una gotera de magma, y tus huellas, tu silueta, tenían un resplandor infatigable de erupción.

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Fue tal vez el roce de tu tacón sobre la acera, tal vez fueron tus palabras que se iban ahuecando, hoja tras hoja, como los calendarios. Te teñiste de vulgaridad, el destello tropical de tus plumas se ennegreció con presagios de algún ave carroñera. Las pocas veces que aún mostrabas tu antifaz de Eva, te costaba sostenerlo. Te costaba incluso engañarte a ti misma.

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El día en que se acabaron los calendarios y me dejaste sin libros, te marchaste.

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Rompiste ante mis ojos ciegos tu careta de Eva, tu piel leve, la sonrisa pícara de cuando te intentaba besar. Bajaste a la calle que flameabas con tu andar; y desatada con tu hechura de Lilit, te abrazaste a un conato de Adán que sólo vio en ti ese estanque tumefacto de lujuria que era también lo único que yo había podido encontrar. Te llevaste tus galas de ave del Paraíso, y creíste dejarme sin verde ni arcoíris, y te llevaste los barrotes y con ellos enclaustraste a tu nuevo Adán.

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Pero yo, solo en mi jaula sin pájaros, retenía mis colores; pensando que me quitabas todo, sólo te llevaste el gris y el verde tono de moho con que habías pintado mis huesos; avivaste las impresoras y purificaste el arcoíris. Intentaste dejarme sin canciones pero yo había aprendido a piar, había expandido mi jaula de alambres hacia el horizonte y el cielo. Y volé más alto de lo que tú habías podido planear.

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Tú, que te crees un ave del Paraíso, sólo eres un remiendo de cometa que se columpia con el viento, que acecha en todos los hombres a Adán y sólo encuentra, en todos ellos, el Caín que se merece. Tú que vivías fabricando máscaras de Atenea te deshiciste de todos los ornamentos, y tu voz era el aullido de una lamia inacabada, de una émula manchada que engañaba, por todo el Edén, a cien adanes y a cien dioses.

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Y dentro de mi jaula, sin caretas ni ambiciones, apareció, auténtica, la única Eva; y se rindió ante mis pies al tiempo que me arrodillaba. Nos juntamos en el suelo, y entre el barro recordamos los orígenes, memento homo, polvo somos y en polvo nos convertiremos. Y encontró en el hueco de mi costilla perdida un espacio donde refugiar su alma; y era al lado, justo al lado, de la mía.

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Ella, sin maquillajes ni ornamentos; ella, una verdad en sí misma, repintó el espectro de los colores. Alargó los arcoíris, hinchió de razones mi sonrisa y desbordó y satisfizo los siete pecados de mi lujuria. Y no se vanagloriaba de la altura de sus vuelos; me pedía agarrarse de mi brazo para que me quedara con ella, aunque no lo necesitara, aunque yo no pudiera irme ya a ninguna parte sin ella.

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Desde entonces, desde ese encuentro en que cruzamos miradas y manos y bocas, la jaula perdió los alambres y volamos. Y volamos hasta un sol que ya no abrasaba los días para perdernos juntos entre los libros y los calendarios.
Desde entonces detuvimos los relojes, calentamos las aceras e impregnamos de magma cualquier lecho. Nos reconocemos desde entonces, con susurro, los pobladores únicos del Edén que concebimos juntos.

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Desde entonces no he dejado de comer el fruto prohibido de la señera mujer que encontré, esa que había tenido siempre por quimera, por irrealizable fantasía, y que ahora duerme a mi lado.

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No he dejado de comer el fruto
de Eva en mi Paraíso.
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Carlos Recamán Arcay

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Escrito por Carlos Recamán Arcay

enero 18, 2012 a 2:50 am

Escrito en Cuento

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